Foto grupo

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domingo, 12 de noviembre de 2017

LA LEYENDA CONTINÚA






Hace ya tres años, cuando visité andando por primera vez el Parque Natural del Hayedo de la Tejera Negra, la deformación profesional me llevó a buscar caminos aptos para la bici más allá de la ‘Senda de Carretas’; vetada de serie para nuestras monturas.
Tanta espera encontró recompensa el pasado jueves en que se alinearon los astros para franquearnos el camino de entrada al Parque. O eso creíamos nosotros, incautos, cuando emprendimos el viaje de ida…
La mañana ya se anunciaba ‘fresca’. Tanto, que la excursión estuvo al borde del abismo hasta la misma noche anterior. No digo nada de la cara que se nos quedó mirando desde la furgo,  incapaces de encontrar los molinos entre la niebla al paso por el parque eólico de Grado del Pico. Pero claro, siendo vos quien sois, todo un Titán, cómo íbamos a desperdiciar la ocasión de seguir alimentando la leyenda..? Nieve, niebla, viento, y un frío de pelotas… Nada que no arregle un buen carajillo mañanero…ja,ja… Total, en peores plazas hemos toreado...!!


Quien no parecía estar al tanto de semejantes andanzas era el hobbit que gobernaba el paso canadiense junto al Centro de Interpretación. Parapetado bajo un gorro de estilo pre-Perestroika empeñó todo su afán, folleto en ristre, en apartarnos de lo que nos venía chivando el gepeése: “Qué vais a subir al Collado del Infante..?; No, no, es imposible...!” “Eso está fatal…”; “además, por ahí andan los mastines sueltos...!”
Tal día como aquel, ni los lobos…!  Al menos nosotros no vimos ni un alma fuera de las cercanías de la entrada. (Habiendo prohibido el paso de vehículos, sólo algún senderista avezado osaba patear un buen trecho en busca de las hayas…)
Reconozco que el camino al collado se me hizo corto. Ya sabéis, subidita tendida a buen ritmo. Todo perfecto hasta que alguien abrió la ventana al paso por la perpendicular con El Muyo. Tomamos la curva cual pilotos de moto GP (y no precisamente por la velocidad…) y damos por superado el primer desafío de una ruta de esas ‘dientesdesierra’.
Más adelante, al aproximarnos al parking nos espera la primera sorpresa del día en forma de trialera pizarresca entre las jaras, y posterior vadeo del río Lillas (que bajaba completamente seco). Prácticamente la única dificultad técnica que encontraríamos en todo el recorrido.
En busca de nuevas emociones, encaminamos nuestros pasos hacia el Collado del Hornillo desde donde contemplamos cómo hayas, robles, pinos, acebos y abedules luchan denodadamente por hacerse hueco dentro de un espectacular tapiz vegetal. Semejante photocall bien merece una pausa. Llenamos la mochila de buenos recuerdos y emprendemos la bajada hacia la cuenca del río Zarzas.



Menos mal que uno está curado de espanto y aprovechó el momento bucólico para reponer con una de esas barritas que tienen de tó... Nada más acabar la bajada te das de morros contra un muro de pizarras sueltas; de esos que lo metes todo (si puedes), y sientes como te estallan las piernas, mientras eliges entre sostenerte sobre la bici o seguir respirando… Vamos, puro MTB!



Comprobado cómo desde el collado era todo bajada hasta meta… (Bueno, prácticamente todo, ja,ja…); Disfrutamos una vez más con el escenario que ahora nos dibuja este nuevo valle. Perseguimos el serpenteante curso del río hasta la salida del Parque, e incluso nos permitimos esprintar por las posiciones de podium junto al restaurante en Cantalojas.
 Como decía al principio, una ruta tan esperada como gratificante en la que, para poner la guinda, fuimos testigos presenciales del resurgir de una especie en peligro de extinción: ‘el tangador’. Un espectáculo de la naturaleza…!



Triky

lunes, 23 de octubre de 2017

MONUMENTAL








     A nadie se le saltarían los puntos si dijera que Segovia posee un grandísimo patrimonio cultural, lógico… Es algo que salta a la vista. Sin embargo, pocos son los elegidos que han podido disfrutar de esos otros tesoros que esconde la ciudad, y que escapan al alcance de las hordas de visitantes. Cierto es, no obstante, que no muchos de ellos estarían dispuestos a realizar el recorrido turístico que aquí se propone… ja,ja!  

      
   Parece mentira, como decía el gran Lolo “conseguir esa rutaza sin salir de la capital”. Efectivamente, el domingo nos dimos una vuelta por la City con dos premisas básicas: no perder de vista el skyline, y por supuesto, enarbolar la bandera del All Mountain… Objetivo más que conseguido!
         
    Después del veroño que llevamos vivido, se presentó tan ‘fresca’ la mañana allá abajo en La Fuencisla, que más de uno se decantó por los calzoncillos de cuello de cisne… casí ná! Así las cosas, como dicen en mi pueblo: “andando se quita el frío”... No hay mejor antídoto que una buena subidita para que la sangre vuelva a fluir. Oye, mano de santo!! En Zamarramala ya había más gente despelotándose que en una película de Pajares y Esteso… En la bajada por la Veracruz se produce el primer pinchazo, y por consiguiente, el posterior recuento oficial de abrojos.   Con la hucha llena de ‘pesetas’ nos internamos en frondosidad de la Hontanilla para emerger a la altura del Pinarillo. Un agradable paseo amenizado en todo momento por la diatriba sobre la calidad de las cubiertas de Christian… Cómo las tira el señor mayor...! ja,ja,ja…


         Rememoramos épocas de adolescencia pasadas al abrigo de los pinos (y de ciertos reconstituyentes líquidos) mientras nos acercamos al vértice del Alcázar con el circuito de motocross. Así, poco después, llegamos a la primera bajada importante que nos conduce de nuevo al Arco de San Lázaro. La cosa parece que se anima. Después de todo, ésta no va a ser una ruta más por los arrabales de la ciudad... Y aún queda lo mejor!!  

Saludamos a los tatarabuelos de camino ‘al abrigo del molino’, y tomamos de nuevo dirección ascendente. En palabras de Fausto: “De un ‘cotarro’ al otro y tiro porque me toca”. Con estos chicos cada día aprendemos cosas nuevas… Ora nos enseñan el dialecto, ora recibimos una masterclass de manejo in situ. “Peso atrás, brazos rectos, desarrollo corto…” Entre risas dejamos atrás el ágape de un globo que ve celebrada su recién estrenada libertad desde un cielo  sin mancha. Y tomamos rumbo a las Lastras donde un servidor, como buen anfitrión, deja límpido el camino escoba en ristre. Qué nadie me tenga queja, qué no digan que aquí no tratamos bien a los invitados…
     

Estamos llegando a Arizona. La temida ‘White Line’ se huele en el ambiente. Los capos afilan sus cuchillos antes de entrar en el embudo que desemboca abruptamente en Tejadilla. El paisaje cambia repentinamente y nos encontramos inmersos en uno de esos lugares especiales a partes iguales por lo bello y lo inhóspito. Doy fe, días atrás casi tuve que mandar a la UME de avanzadilla…

       
Lo bueno se nos hace muy, muy breve… Qué pena! 





Nos toca tirar otra vez al ‘cotarro’. Un nuevo bucle por La Asistida, y en dirección a Perogordo hacemos un trasqui para plantarnos en la Vía Verde. ¿Veis chavales? También sabemos ir por pistas… Al menos un rato, pues en cuanto surge la posibilidad de salirse por la tangente ni siquiera un tal ‘Tato’ cruzó el túnel. A mí es que me da miedo la oscuridad…ja,ja…


Desde el punto más alto de la ruta (1.080 mts) parece que la cosa está hecha. Pero claro, aún quedaban un par de sorpresas. La bajada del Cementerio es la primera, y hace las delicias de casi todos. Juanjo jura que para Reyes este año se va a pedir una tija de esas que se mueven solas… Fausto asegura que se está guardando para la subida… Y en el Caño del Obispo encuentra su oportunidad. Esprinta y se lleva el premio de la montaña.




La traca final, un senderito de los que hacen crema, nos lleva por los tejados del Parral hasta la Alameda. El puente de San Marcos, el río y vuelta a casa con María del Salto. Una ruta espectacular, titánica, o milagrosa según se mire. De lo que no cabe duda es que fue Monumental.



sábado, 7 de octubre de 2017

CASCOPORRO TRASPINDEJO





Cuenta la leyenda que allende las tierras brumas existe un lugar donde los bikers cabalgan como el viento sobre kilómetros de senderos sin fin. Dicen que se encuentran subidas imposibles y bajadas verticales; saltos, banzos, toboganes trepidantes, piedras, raíces y arenas… Diversión en proporciones bíblicas. Y todo junto, y todo a la vez… Ese lugar existe. Yo he estado allí.

Y es que la edición de este año de la ‘Clásica del Pincho’ ha sido, lo que diríamos, un tope de gama. Debo reconocer que apenas podía imaginar el significado de “un poquito más técnica” cuando Manu me habló por primera vez de la ruta. Eso sí, ya le voy pillando el aire al chaval… ja, ja…
Empezamos, como de costumbre, mojándole la magdalena a la ‘Dulce Rocío’. No sé qué le echan al café en este pueblo que nada más tomarlo le entran a todo el mundo unas ganas de tirar pa’rriba que quitan el sentido…  Dicho lo cual, tiramos por las bodegas hacia la Atalaya. No hemos hecho más que arrancar y ya surgen las primeras desavenencias entre el track marcado y el reto que plantea una sonrisa burlona oculta bajo cierto bigote de renombre… Ni pá ti, ni pá mí. La mitad por cada lado, y entre tanto Duke perdido junto a una caseta de ladrillo. Gensanta! Esto promete..!
La travesía por el altiplano en dirección a La Parrilla es una mera anécdota. Algo así como la calma que precede a la tormenta. Pues todo lo que habría de venir a continuación sería chicha, y de la gorda… Puede que rodar a más de 20 kms/h no sea gran cosa para un super-pistero, pero cuando vuelas  por un singletrack más estrecho que el hilo de un tanga la cosa gana enteros… Una curva, otra, otra más, contracurva, peralte, subidón, subidón, cambia, un hoyo, rápido, cambia, baja tija, baja piñón, ahora el plato, arriba otra vez, cuidado rama, un pino, otro, agacha, salta, arena, más arena, más curvas, más subir, más bajar… Gracias todas que se repiten en un bucle infinito.

Las zetas de los conejos nos abren la puerta a un nuevo parque temático. Sacamos entrada para un sube y baja por las paredes de un vertiginoso tubo con fondo arenoso que, de puro vicio, nos parece saber a poco. Poco después, los mismos conejos nos ven subir de vuelta a la montaña rusa en la que veníamos viajando.
Estamos bordeando el monte de Tudela. Allá abajo el pueblo es testigo de nuestras andanzas mientras reptamos a lo alto del páramo. Un subidón de esos que ni con la paellera XXL... Lo metes todo, muerdes el manillar al tiempo que el sillín pone a prueba tu virilidad, y rezas para que las piernas no exploten. El término “inacabable” pasa a una nueva dimensión cuando el warning de la patata lanza destellos fosforitos desde el pulsómetro y la rueda trasera se empeña en perder grip. Por deus, cómo mola!!!
Resulta que nos gusta tanto esto de jugar a las bicis que aún nos regalamos una propinilla antes de coger el camino de regreso. A la voz de “qué tal andáis de fuerzas?”, y como si no nos hubiera costado llegar ahí arriba, nos marcamos un nuevo ‘baja y sube’ como si tal cosa y seguimos hacia el punto de partida. Antes de llegar aún disfrutamos de unos “cortaditos pelín verticales” marca de la casa; una uve que se salta; y, como no, las cabriolas de Christian on the road... Oh Sensei!! A quien afortunadamente hemos recuperado para la causa después de una buena temporada en paro forzoso.



Lo de después también forma parte de la ruta. Hay que estar bien entrenado para dar buena cuenta de semejantes pinchos de lechazo y de la tarta de piñón sin decir ‘esta boca es mía’. Por si fuera poco, a los postres aguardaba un galardón para quien suscribe que, además de llenarme de orgullo y satisfacción, me reafirma en el propósito de seguir aportando a nuestra afición mientras el cuerpo aguante… Aquí todo se hace a lo grande. Por algo somos Titanes..!!

sábado, 19 de agosto de 2017

LA SIERRA DE MADRID





Cada cosa por su nombre, y lo que es, es…
Hace tiempo que decidimos ir a conocer aquello a lo que tanto nombre otorgan los medios. De todos es sabido lo mucho que se aprende cuando emprendemos un viaje. No imaginábamos, sin embargo, las enseñanzas que vendrían con nosotros cuando apostamos por esa incursión en tierras extranjeras… Acaso está al alcance de cualquiera el secreto exacto de “Puente viejo”?, o, lo que es más importante: Sabíais que hay plantas que dan ‘pesetas’..???? Oh, my God!!! Lo que hace la ignorancia agraria… Si lo llego a saber antes, me dedico a la jardinería… ja,ja,ja… Claro que, para ser exactos, esas especies sólo crecen en tierras traspindejas… (En toda tierra de garbanzos son “abrojos” como puños de gordos…) ja,ja…

La experiencia botánica, que sirvió para reforzar nuestra fe en San Tubeless bendito, fue sólo un capítulo de un cuaderno de bitácora plagado de anécdotas y buenos momentos. Iniciamos camino a los pies de la abadía benedictina de Santa María de El Paular. Justo al lado, el puente que en otros tiempos conociera las sentencias de los reos que eran conducidos a la Casa de la Horca, franquea nuestro paso sobre el rio Lozoya cuyas aguas nos acompañarán durante gran parte del recorrido.

Enseguida pasamos por las calles de Rascafría. Un buen firme y la ausencia total de desnivel permiten que Oteruelo, Alameda y Pinilla del Valle caigan rápidamente a la saca. A partir de aquí, el paisaje nos regala una bonita estampa con el embalse de Pinilla y la cara oculta de Peñalara al fondo. Superado el pueblo de Lozoya, nos encontramos una inesperada sorpresa. Plantado en medio del track aparece un miembro del equipo de grabación de “El secreto de Puente Viejo”.  Muy amablemente trata de advertirnos de que “por allí no se puede bajar porque hay piedras…”, como dirían los gallegos: “…pobriiiño!!” Piedras, dice… A Noé le van a hablar de la lluvia... Incluso nos ofrece degustar las viandas preparadas para quienes participan en la grabación del episodio… Qué detallazo! Esto sí que es lujo..! Entre unas cosas y otras, el paso por el medieval Puente del Congosto nos entretiene un buen rato. Ya se sabe, hay que dejar huella ‘gráfica’ de nuestro paso por este trozo de historia.


La sensación que ya teníamos a medida que rodeábamos el embalse se confirma nada más pasar Canencia. De repente descubrimos donde estaba escondido el desnivel de la ruta… Alguno, que va sobrado de fuerza, decide regalarse unos kilometrillos de más para recuperar la mochila que se quedó esperándole en la fuente del pueblo… Si no se tiene cabeza, se tienen pedales…ja,ja…

La subida al puerto de Canencia va poniendo a cada uno en su sitio… De manera que no vemos la hora de llegar arriba. En el alto, reponemos líquidos con el permiso de una fuente bonita y cicatera a partes iguales. Lo más duro está hecho, pero La Morcuera aún nos espera. Así que ponemos rumbo al siguiente desafío de la ruta. Por el camino disfrutamos de vistas inmejorables de todo el valle que bien merecen el esfuerzo.


Por fin alcanzamos el refugio de La Morcuera, punto que marca el inicio del descenso a nuestros orígenes. Bajamos, bajamos, bajamos… No diría que estábamos tan arriba para que la bajada se me haga tan larga. Ya se sabe: lo mucho cansa… Tanto es así que casi al final decidimos  hacer un alto. Pero no es casualidad. Nos encontramos justo en el acceso al área recreativa de Las Presillas, el lugar perfecto para darnos un chapuzón y presentar la colección primavera-verano de la nueva equipación de EL 3er PEDAL… Lo siguiente que pasó fue más propio de un episodio de ‘Verano Azul’ (a las pruebas me remito), pero eso ya forma parte de otra historia…ja,ja…



No obstante, el tiempo sobre la bici y, por supuesto, el compartido después sobre el mantel nos recuerdan por qué nos gustan tanto estas marchas. Una marcha que esta vez, además de las consideraciones sobre chocolates de sabores, milfs y otras disertaciones filosóficas, sirvió para la rentrée de un Titán como la copa de un pino. Bienvenido amigo!!



Triky

lunes, 14 de agosto de 2017

EL SALVAJE OESTE




Lo primero que vino a mi mente cuando Luis me dijo que este año nos llevaría a conocer el ‘Far West’ navero fue la típica imagen de indios y vaqueros (versión All Mountain… ja,ja,ja). Los que crecimos al albur de la sesión de tarde del cine de los Misioneros guardamos en un rincón delicioso una infancia curtida a base de flechazos, estampidas, duelos a muerte, y como no, el séptimo de caballería que todo lo arreglaba. Todo aderezado en un patio de butacas donde sucedían más cosas que dentro de la pantalla… Qué tiempos…! Ahora que lo pienso, vimos toda aquella violencia no sólo sin supervisión adulta sino con su declarada connivencia, y aquí estamos. Perfectamente normales, sin traumas, ni gaitas… no digo más.

A pesar de la jugada de mi imaginación infantil, la realidad se impuso sobremanera, como no podía ser de otra forma. En la peli que protagonizamos en Las Navas los únicos que hicimos el indio fuimos los que íbamos sobre dos ruedas. Y tan felices..!
Hay que reconocer que lo de hacer el indio se nos da de perlas cuando el terreno es propicio. Y, como ya tenemos sabido de anteriores ocasiones, por aquí lo bueno abunda. Esta vez, además del rápido pase turístico por el castillo (que Gaby no conocía), empezamos ‘subiendo una bajada’, cosas más raras se han visto… (seguro que habéis vivido esa experiencia alguna vez)
hasta alcanzar los molinos. O eran gigantes..? ja,ja… Las magníficas vistas son un preludio del vertiginoso descenso en dirección a Navalperal. Lo dejamos a un lado para encaminarnos a la Ciudad Ducal donde nuestro anfitrión nos tiene preparada una nueva sorpresa: el mirador de Eiffel. Sí, sí, el mismísimo que vistió y calzó la torre parisina. Uno de esos lugares ‘cuquis’ de obligada visita. Encaramados por sus escaleras siamesas contemplamos desde lo alto una de las mejores panorámicas de la zona.

Antes de ponernos melosones, decidimos circunvalar el embalse y ponemos rumbo a la ‘Casa Grande’, o al menos eso parecía... Tengo la extraña sensación de reconocer los caminos. Qué demonios!! Aquí son todos iguales…!!! En realidad no andaba tan desencaminado y dejamos las ruinas a nuestra derecha para seguir bajando hacia el arroyo del valle. Entre pitos y flautas (véase mirar el senderito o echar un ojo al GPS) mantuve una breve discusión con  la flora autóctona, con saldo negativo para quien suscribe en forma de zarpazo de grizzly en el piernamen…Gajes del oficio…!
        
Algo más abajo, en lo más profundo de un valle abrasado por el sol, veríamos obrarse el milagro en forma de surgencia de aguas cristalinas donde apaciguar los calores por el conocido rito de la inmersión pedestre. Falta nos iba a hacer, pues nos esperaban por delante siete kilometrazos de subida non stop para regresar a la civilización. Ahí es ná!

Pasando por alto el detalle de que ésta es de las pocas marchas en que se empieza subiendo para terminar también hacia arriba (que le pregunten a Fausto…), hay que reiterar lo bien que nos lo pasamos por estos lares. Tanto, que estamos deseando conocer el resto de puntos cardinales.

Recuperador a base de azúcares compuestos


Triky